
"Usted ha aguantado palizas porque ha querido."
Con esta barbaridad, la insufrible golpeó a la decencia de todos el pasado viernes.
Que a estas alturas, alguien crea que las mujeres maltratadas lo son porque lo toleran, porque se aguantan o, según parece deducirse de las palabras de esa miserable, porque lo merecen, es tan obsceno, repugnante y espantoso, que lo único que cabría esperarse es que a esa tiparraca se la metiese en la cárcel por alentar la violencia de género.
Miles ángeles, cada día, soportan el infierno de vivir con un salvaje que rompe platos, que las levantan a las tres de la mañana porque la camisa no está bien planchada, que alza sus puños, que insulta, que las controla, que las grita, que las humilla, que las ningunea.
Miles de ángeles, cada día, se mueren de miedo cuando oyen el tintineo de las llaves en la puerta, de asco ante el apestoso aliento a alcohol que escupe insultos, de horror ante la mirada que anticipa la bofetada.
Y si lo hacen es por pavor. Por un pánico que las anula y que pretende darles algo tanto primario como es el hecho de sobrevivir a costa de todo. Porque, repugnante reptil de San Blas, para tu información, estas mujeres mueren a manos de esos cobardes a los que parece que justificas.
Y lo peor de todo no es que ese ser miserable se atreva a reprender, ¿se puede caer más bajo? a una víctima de la peor lacra social que padecemos. Lo peor es que su ejército de palmeras, ahondado más si cabe, en su bajeza moral, en la podredumbre de sus almas, en su abominable carencia de humanidad la aplauden y la justifican. Pero ¿qué estáis haciendo?
Ojalá algún día, vuestra indecencia repare, al menos ligeramente, todo el dolor que habéis causado a esas mujeres que día a día nos suplican ayuda y que en vuestras macabras palabras, sólo han encontrado un infierno todavía mayor.
Malditas seáis. Malditas.


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